monogatari

Autorretrato remix

Al terminar de escribir este relato he caído en la cuenta de que el final es casi idéntico al de otro que escribí hace dos o tres años que se titula "El remero". 
He intentado modificarle, pero no ha habido manera. Finalmente he llegado a la conclusión de que el cuento es como es y yo no soy nadie para andar cambiando cosas. 


Autorretrato remix
"Una odisea en el retrete"


  -¿Dónde está?.-pregunto.

-Una mujer sin rostro me señala un recipiente de acero inoxidable lleno de pulpa de aguacate que hay sobre una mesa plegable.
 
-Es esa de ahí.

 -Pero...si eso es... pulpa de aguacate...¿no?.
 
-Es ella, te lo aseguro.
 
-¿Puede escucharme?.
 
-Si claro.
 
-Bien pues...hola.
Yo...he venido a decirte... que he venido.

La mujer sin rostro se me acerca al oído y me susurra.
  -¿No puedes ser un poco más cariñoso?. Fíjate en que estado se encuentra.

Me dispongo a obedecer las indicaciones de la mujer sin rostro cuando reparo en un pequeño frasco de cristal azul cobalto que está al lado del recipiente de la pulpa de aguacate. Le cojo y leo su etiqueta. -"Universal Fortex".
 
-¡¿Has tomado Metamorfositrón?!! 
 
-Todos cometemos errores. Tercia la mujer sin rostro.

-¡Lo sabía!. Mira que te dije mil veces que el proceso es peligroso, imprevisible; sobre todo para idiotas como tú.
¡Mira que pinta tienes ahora!. Hubiera sido mejor que te hubieses convertido en una cucaracha, como el de Kafka; así habría podido aplastarte de un solo pisotón; pero de esta manera ni siquiera puedo darme ese gusto; mi chancleta se quedaría atascada dentro de esa pulpa resbaladiza y asquerosa. 
¡Eres una marrana!.
 
-¡Ahora si que te la has ganado mamón! -brama la mujer sin rostro mientras acciona el gatillo de su pistola desentrañadora.

Antes de que el rayo letal alcance mi estómago siento un dolor agudo en el brazo izquierdo que me saca de mi delirio. Un sujeto que estaba dentro del retrete, aun más borracho que yo, ha perdido el equilibrio y ha caído sobre la puerta, abriéndose esta súbitamente e impactando con la manilla en mi codo. A pesar del intenso dolor no suelto de las manos mi cámara reflex Praktica super tl 1000.

El borracho (el otro), tras varios intentos, consigue subirse los pantalones y levantarse del suelo. Desaparece de la escena dando tumbos y mascullando palabras que no entiendo. Voy tras él para cerrar la puerta del servicio que ha dejado abierta y le grito algún insulto por no haberse disculpado.

-Hay que mantener la cortesía por encima de todo;- me justifico.

Regreso al lugar en el que me encontraba antes del incidente; frente al espejo que hay sobre el lavabo.
Algún día tendré que preguntarme porque me gusta tanto hacerme fotos en los espejos de los retretes.

El fotómetro de mi Praktica me indica que debo disparar con un segundo de exposición. Demasiado para mi pulso, incluso estando sereno; aun así decido continuar.

No miro a través del visor pues quiero que en la foto aparezcan mis pequeños ojos de araña.
A ciegas, dirijo el objetivo hacia la escena tratando de conseguir un encuadre lo más aceptable posible.
Inspiro profundamente y contengo la respiración.
Me concentro en permanecer inmóvil. Transcurre un tiempo incuantificable.
De pronto me invade una extraña sensación de embriaguez distinta de la puramente alcohólica.
Muy lejos, escucho el sonido familiar del obturador de mi vieja cámara fotográfica.
Mi percepción sensorial muta y me adentro en un mundo psicodélico de colores brillantes.
No puedo ni quiero luchar. Las fuerzas me abandonan... y caigo.
Me deslizo por la pendiente sensual de un túnel profundo de tiempo cósmico.

Desde el fondo del silencio universal crece un golpeteo rítmico que escucho cada vez con más intensidad. Comprendo que son los latidos de mi propio corazón.

Todo ha desaparecido ya salvo mis ojos de araña y ese pequeño músculo rojo escondido en mi pecho moviéndose espasmódicamente;
incomprensiblemente vivo;
simple y hermoso.
Su único objetivo es latir y con cada latido genera una ola de sangre;
un anillo de tiempo;
mínimas fracciones de maravilloso tiempo;
y late...
late...
Osaka, 20 de enero 2018



El remero.
(dedicado a mi padre)


La marea sigue su curso inexorable.
La gran masa marina se mueve a impulsos magnéticos de la Luna, que impone su voluntad férrea.
El agua va ganando terreno.
Los niños ya han terminado de construir sus castillos y esperan impacientes la llegada de las olas.
Tras vencer una leve resistencia, el agua disuelve las pequeñas construcciones como terrones de azúcar.
Los niños observan el fenómeno fascinados.
Desde mi pequeño bote distingo sus risas y gritos sobre el sonido líquido de las olas.
La playa está atestada de personas que, ante el avance del mar, se ven obligadas a corregir continuamente su posición  hasta quedar apiñadas en una franja de arena cada vez más estrecha.
 Al imaginar la abigarrada mezcla de olores y voces extrañas de aquella aleatoria reunión de cuerpos desnudos, tengo una sensación desagradable. Sacudo la cabeza instintivamente para tratar de librarme de ella.
Esta acción me saca del sopor en el que estaba sumido.

. Decido recoger los aparejos y poner rumbo a puerto.
Justo a tiempo, pues en ese momento me percato de que se acerca una gran tormenta.
Remo tan rápido como soy capaz, pero no consigo evitar que antes de llegar a la bocana toda la furia del mar se me eche encima como un animal salvaje y colosal.
Yo, que conozco al mar como a un hermano; inmediatamente soy consciente del tremendo peligro.
 Mi vida se encuentra en la frontera de la muerte.
Me preparo para aceptar el previsible desenlace, pero también para la lucha.
Se que para salir vivo del trance debo echar mano de toda mi pericia, de todos mis conocimientos, de toda mi fuerza.
Los músculos se tensan, los sentidos se afilan; mi pensamiento trata de anticiparse a los movimientos imprevisibles de las olas enloquecidas.
Se que no debo cometer ningún error. Remo con una fuerza inusitada.
Estoy haciendo las cosas bien y esto hace que bajo el miedo se trasluzca una sensación placentera de legítimo orgullo.

 Finalmente consigo atravesar la barra y ponerme a salvo.

La gran victoria que acabo de lograr hace que me sienta fuerte y libre como nunca hasta entonces.
Al llegar a la altura del puerto, no me detengo, si no que decido seguir remando. No hay ninguna razón para ello; tampoco trato de encontrarla; tan solo me dejo llevar por el fuerte impulso de remar.

Pronto pierdo de vista el puerto y más tarde las últimas casas del pueblo y continúo remando río arriba.
La gente de la playa, los gritos de los niños, la tormenta, todo queda muy atrás y poco a poco se hace el silencio. Un silencio absoluto.
Los sonidos que brotan ocasionalmente de ese silencio adquieren una dimensión desconocida y mágica.
El tiempo transmuta su naturaleza.
Me sumerjo dentro de un tiempo cósmico y eterno donde se diluye todo mi pasado. Mis ideas; mis pasiones; mis traiciones; mis miedos...todo se desvanece. Todo se vuelve nada. Solo quedamos yo y el gran misterio de la vida frente a frente.
 Entonces siento una felicidad inmensa que hace vibrar cada molécula de mi cuerpo. No necesito nada. No quiero nada. Solo remar, remar...

Osaka, 6 de junio 2014





La Cantimplora

Prefacio
La verdad es que estoy pensando en otra cosa; pero como no quiero nombrarla directamente por ser material raro, voy a usar el viejo truco de refugiarme tras una imagen literaria. La metáfora que he elegido al azar es una simple "cantimplora". Una de aquellas preciosas cantimploras antiguas de aluminio forradas con fieltro verde para mantener el agua fresca. Esas que venían embutidas en una práctica marmita multiusos, también de aluminio, en la que podías prepararte tanto un café, como una sopa Knorr, como una ensaladilla rusa, cuando salías de excursión al campo con los amigos.

He separado el texto en varios bloques para aligerarle visualmente, pero en realidad está escrito de seguidillo; sin puntos y aparte en los que descansar, así que debe leerse en apnea, todo de un tirón.

Hasta aquí todo muy bonito pero, cuidao que, igual que el clima en los Picos de Europa, todo puede cambiar repentinamente.

...

La cantimplora

¿De qué te sirve - es solo un ejemplo - tener esa preciosa cantimplora de la que tanto presumes, repleta de agua fresca si, pero estar perdido en medio del desierto, vamos a imaginar, del Sahara; más solo que la una, bajo un sol abrasador, deshidratado y exhausto; si al ir a echar mano de la cantimplora salvadora que te permitirá salir del paso y ganar el tiempo necesario para intentar buscar una salida a la desesperada situación en la que te encuentras, de pronto descubres con horror que esta no se encuentra en tu mochila térmica como pensabas, si no que probablemente la has olvidado en la nevera del hotelucho  donde tuviste la mala idea de hospedarte la noche anterior. O que, tal vez, te la guindó alguno de aquellos bereberes con los que te tropezaste por la mañana, justo antes de desviarte del camino trazado en el mapa, de manera irresponsable, en busca de unas aventuras para las que no estabas preparado; aquellos quienes no hacían más que toquetearte por todas partes y desternillarse de risa mientras repetían "mon ami", por más que les aseguraras que tú eres natural de Robledillo de Mohernando y no entiendes otra cosa que el español...y no siempre, no por el hecho de ser de Robledillo de Mohernando; que es un pueblo tan preparado como cualquier otro y más cosmopolita que muchos, que hasta tiene un aeroclub y todo; si no porque en el colegio nunca diste un palo al agua y además tampoco eras muy listo?.

¿Eh, de que te sirve entonces ser propietario de esa cantimplora forrada de fieltro verde para mantener el agua fresca, si justo en el momento que más la necesitas descubres que no puedes hacer uso de ella por encontrarse lejos de tu alcance, bien sea en la nevera del citado hotelucho o en las alforjas del camello del bereber, que ya lo mismo te da y tampoco tienes tú el cuerpo para cábalas, porque sabes que lo único cierto es que no dispones de la cantimplora y por tanto vas a morir como un perro por culpa de tu mala cabeza y que no van a dar con tu cuerpo incorrupto hasta pasados tres o cuatro meses, calculas tú; y cuando lo hagan te encontrarán allí tirado, picharriba y más seco que un higo, como una de esas ranas que se ven en verano sobre el asfalto de las carreteras de Castilla, muertas y espatarradas; de las cuales no queda más que un pellejo negro y tieso, forrando su raquítico esqueleto de batracio?.

¿Y que tampoco faltará el hijoputa que se dedique a grabar un vídeo de tu careto acartonao, con los piños fuera, más feo que Ramses II, y le falte tiempo al desalmado para subirle a youtube, desde donde se propagará como la pólvora al resto de tugurios de internet, y allí te recibirá el pueblo llano con los brazos abiertos, no para apiadarse de tu desgracia, si no para mofarse de ti y despedazarte a título póstumo en tiempo record; no por nada personal; que harían lo mismo con cualquier otro, si no solo por matar la tarde y echar unas risas. Contando con que irán afinando el tiro hasta consensuar el mote que mejor te siente y más daño te haga; con lo que acabarás pasando a la historia como "La rana de Robledillo" o similar porque, no nos engañemos, el pueblo llano, estoy hablando de España, para otra cosa no, pero si es para joder al prójimo es una piña y tiene el ingenio más fino que Lope de Vega. Y que no se te olvide que hurgarán en tu pasado para sacar a la luz tus trapos sucios y  así pisotear tu memoria hasta no dejar ni rastro de la poquísima reputación que habías conseguido forjarte a lo largo de toda tu puta vida?

¿Eh?, ¿de que te sirve entonces la cantimplora?.

No espero respuesta. Es solo una pregunta retórica.

Marcos el de Antonio.
Shinsaibashi. Osaka. 25 nov. 2016








Nagareru monogatari


He vuelto a Nagareru monogatari; mi isla. No recuerdo porque me fui, ¡con lo bien que se está aquí!. Últimamente se me olvidan mucho las cosas... es decir, de las cosas si me acuerdo, pero no de como ni porque ocurrieron. No se si será un mecanismo defensivo que he desarrollado o que ya empieza a fallar el disco duro. En fin, lo importante es que he vuelto. ¡Ahh, qué paz!. De momento no tengo mucho que hacer, así que me voy a sentar aquí en la playa a contemplar el mar para ver que me trae. El mar siempre trae cosas interesantes. No hay como buscar en la arena para ver que te encuentras. Lo mismo das con una caracola de colores, como con una botella con mensaje. Hay de todo. A veces también llegan náufragos. Ji ji ¡hay cada uno!...Mira, como ahora me ha dado por la costura, me voy a poner a hacer unos taparrabos por si aparece alguno que no me ande por ahí en pelotas.
Hasta luego.

Osaka, 13 septiembre 2016